Que la pobreza tiene rostro de mujer no es una novedad. La sociedad patriarcal en que vivimos nos sitúa en una posición de vulnerabilidad por el simple hecho de ser mujeres. Esta circunstancia, aunque lejos de cambiar, empieza a ser cuestionada, desnaturalizada y a develarse. En este sentido escribimos este artículo, pretendemos abordar una realidad que se encuentra invisbilizada, que sufren a nivel mundial millones de mujeres en el ámbito privado y que tiende a ser causa de vergüenza. 

A menudo, cuando abordamos la pobreza menstrual en nuestras actividades o talleres, nos encontramos con muchas personas que no se habían planteado la existencia de esta realidad o que la consideran una realidad lejana, propia de los mal llamados países del tercer mundo. Es cierto que esta circunstancia golpea con especial dureza a las mujeres que huyen de sus países en guerra, que viven en países en vías de desarrollo o que están regidos por normas o leyes que criminalizan los cuerpos de las mujeres.

Pero ¿Es la pobreza menstrual una realidad ajena a nuestro país? Antes de abordar esta cuestión, es necesario responder a qué entendemos por pobreza menstrual. Bien, suele definirse como la falta de recursos y espacios seguros e higiénicos para vivir la menstruación de forma digna. Ahora bien, si la pobreza se define como la situación de privación de satisfacción de las necesidades básicas (materiales, sociales y psicológicas), la pobreza menstrual no puede olvidarse del campo social y psicológico. Porque para vivir dignamente nuestra menstruación, aceptar nuestros cuerpos y aprender a relacionarnos con ellos, las mujeres necesitamos educación. Necesitamos que nuestros cuerpos dejen de ser tabú. Por esto, desde AMBA, nos gusta entender la pobreza menstrual como una circunstancia de privación de recursos, espacios e información necesaria para vivir nuestra menstruación y nuestros cuerpos dignamente. 

En términos materiales, la pandemia ha dejado una situación dramática en muchos hogares. Son muchas las personas que han tenido que hacer cola en un banco de alimentos para poder cubrir sus necesidades básicas y las de su familia. En este contexto, las mujeres han tenido que elegir entre obtener alimentos u obtener productos de gestión menstrual. Ante esta tesitura, productos como el papel higiénico, alargar el tiempo de puesta de una compresa o dejar de ir clase en esos días han sido opciones practicadas ante la imposibilidad de obtener productos de gestión menstrual. Y es que, pese a que menstruamos una vez al mes, este tipo de productos no son considerados como de primera necesidad. El IVA en este tipo de productos es del 10% frente al 4% que se les aplica a los productos de primera necesidad. 

El tabú, estigmas y mitos que rodean a la menstruación favorecen esta falta de consideración. La menstruación, como tantos otros aspectos propios de las mujeres, está relegada al ámbito privado. Desde la menarquía, nuestra primera menstruación, se nos enseña a que debemos ocultarla, sentir vergüenza e incluso a normalizar el dolor (que en absoluto es normal). Nos enfrentamos a este proceso natural de nuestros cuerpos sin entender muy bien en qué consiste. Ante esta falta de información construimos la menstruación, así como nuestros cuerpos, de acuerdo con los mitos que nos proporcionan. 

Este marco referencial, con sus valoraciones peyorativas, se traslada a la pobreza menstrual. Haciendo de esta una realidad tabú que no se menciona en la esfera pública, no existe. Este posicionamiento, ahonda la vergüenza y soledad que sufren muchas de las mujeres que se encuentran en esta situación. Toda pobreza deja huella, la vivida en silencio puede ser aún más dañina ya imposibilita pedir ayuda. En España no hay estudios que cuantifiquen cuál es la magnitud de este tipo de pobreza, así como los efectos sociales, sanitarios y psicoemocionales. El silencio presente acerca de esta realidad por parte de las instituciones del ámbito público favorece que la pobreza menstrual siga sin ser reconocida como realidad (instituciones como la educación, política o la ciencia tienen una gran relevancia a la hora de empezar a concientizar y poner el foco en una determinada realidad). 

¿Cómo podemos actuar ante esta realidad? El primer paso es normalizarla, empezar a hablar de ella en tu entorno. Si estás en una asociación u organización plantea recogidas de productos de gestión menstrual. Si estás en algún banco de alimentos, empieza a ofrecer este tipo de productos a las mujeres que allí van, ten en cuenta que no siempre te los van a pedir. En definitiva, empezar a pensar en acciones o eventos que traigan esta realidad a la esfera pública. 

Pero, gran parte de la responsabilidad no reside, o no debería residir, en la acción individualizada o de pequeños colectivos. Aquí, las instituciones políticas y los actores/as que en ellas están juegan un gran papel. Debates como la rebaja del IVA los productos de gestión menstrual o sobre la necesidad de abastecer a los centros de enseñanza de este tipo de productos, suponen un primer paso para traer esta realidad a la esfera pública. También para naturalizar el proceso biológico por el pasarán, han pasado o está pasando la mitad de la población de este país. 

En conclusión, para luchar contra la pobreza menstrual, es necesario empezar a hablar de la menstruación como el proceso natural que es. Es imprescindible empezar a desmontar todos los mitos que hay en torno a ellas, derribar ese constructo que nos dice que la menstruación es sinónimo de sufrimiento, de vergüenza, es algo impuro que debemos ocultar. Se debe propiciar que las mujeres puedan reconciliarse con sus cuerpos a través de la educación e información. Solo haciéndonos conscientes de los constructos existentes acerca de la menstruación y los cuerpos de las mujeres, desnaturalizándolos, podremos empezar a luchar contra la pobreza menstrual reconociendo la dignidad de las mujeres que la sufren. Es en esta labor tan importante donde las instituciones políticas tienen una gran responsabilidad. 

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