¿Nos merecemos las mujeres una vida saludable? 

La Organización Mundial de la Salud define la salud como un estado de completo bienestar físico, mental y social, y no solamente la ausencia de afecciones o enfermedades. Sin embargo, la salud de las mujeres parece limitarse a un estado parcial de bienestar físico, mental y social. ¿Acaso pueden las mujeres tener un estado completo de bienestar viviendo en sociedades patriarcales rodeadas de sexismo, machismo y androcentrismo? 

Carme Valls es endocrina y presidenta del CAPS, una asociación científica sin ánimo de lucro que edita la revista Mujer y Salud destinada a la divulgación de conocimiento relacionado con la salud de las mujeres. Ha escrito varios libros poniendo el foco en la necesidad de una medicina que tenga en cuenta las diferencias entre las mujeres y los hombres. Como señala Carme, las ciencias de la salud necesitan incorporar urgentemente una perspectiva feminista. El dolor crónico, padecer ansiedad o sufrir depresión son alteraciones que las mujeres padecemos en mayor medida que los hombres. Y no es mucha la gente que se pregunta ¿por qué?, ¿a qué se debe esa incidencia desigual de dichas afecciones entre sexos? La respuesta instaurada en el imaginario colectivo es que poco importa su origen si la medicina es capaz de tratarlas. Y así ocurre: la medicación controla el trastorno. Pero… ¿por qué íbamos las mujeres a conformarnos con la medicalización de nuestros problemas de salud siendo muchos de nuestros padecimientos a menudo evitables?

La dismenorrea (el dolor asociado al ciclo menstrual) es un dolor recurrente muy común en las mujeres. Todas conocemos a mujeres que lo padecen o lo padecemos nosotras mismas. Y, sin embargo, lo vemos como algo normal. Desde la primera vez que aparece, ya desde la adolescencia, las mujeres aprendemos a normalizar el dolor y el sufrimiento en nuestros cuerpos. Sin embargo, el dolor de regla, por muy habitual que sea, no es natural. Una parte de ese dolor, más intenso, la llamada dismenorrea secundaria, se debe a patologías pélvicas como la endometriosis, que afecta a 1 de cada 10 mujeres y que tarda hasta 8 años en diagnosticarse debido a lo acostumbradas que estamos al dolor menstrual. La otra parte, la dismenorrea primaria, es un dolor que no resulta incapacitante, pero, aun así, no deberíamos tener que resignarnos a aliviarlo haciendo uso de antiinflamatorios o anticonceptivos orales. Se debe a desequilibrios hormonales provocados, entre otras cosas, por alteradores endocrinos, sustancias presentes en el medio ambiente que afectan más a las mujeres que a los hombres y sobre las que es necesaria más investigación. 

La menopausia es un proceso natural en la mujer que también se ha medicalizado. La terapia hormonal sustitutiva recetada a las mujeres en el climaterio para aliviar síntomas como los sofocos se empezó a aplicar a las mujeres sin haber investigado en profundidad sus efectos. Esto resultó en un aumento de los casos de cáncer de mama en mujeres. Gracias a los estudios llevados a cabo en torno al año 2000, hoy en día ya se ha restringido su uso a determinadas condiciones para evitar este riesgo. 

En cuanto a la salud mental, una publicación de diciembre del Ministerio de Sanidad sobre salud mental en atención primaria señala que los problemas de salud mental en adultos son de predominio femenino, triplicando la incidencia que se da en hombres en casos como el trastorno depresivo y duplicándola en el trastorno de ansiedad. Esto no es casualidad, ni es indicativo de que las mujeres seamos más propensas a estos trastornos. Ocurre que el cansancio o el dolor en las mujeres muchas veces se atribuye automáticamente a estas alteraciones psicológicas en vez de analizar la causa que se esconde tras esos síntomas. Una de esas causas es, a menudo, el conjunto de condicionantes sociales y estereotipos sexistas que hacen que las mujeres se sientan poco valoradas y sufran ansiedad o depresión. Ni los ansiolíticos ni los antidepresivos pueden resolver un problema cuyo origen es social. 

La atención a la salud de las mujeres resulta, además, contradictoria en muchos casos. Y es que mientras algunos de nuestros procesos vitales están totalmente intervenidos por el sistema sanitario, otros problemas de salud ni siquiera son tenidos en cuenta. Un ejemplo son las enfermedades cardiovasculares, que son la primera causa de muerte de las mujeres en todo el mundo y, sin embargo, hasta la década de 1990 prácticamente toda la investigación mundial del área de cardiología tenía como único sujeto de estudio a los hombres. Los resultados que se obtenían se extrapolaban a las mujeres, dando por hecho que sus cuerpos reaccionarían ante los tratamientos de la misma manera que los de ellos. Ni siquiera se tenía en cuenta, por ejemplo, que los síntomas de un infarto son diferentes en hombres y en mujeres. 

No hay día en el que las mujeres no vivamos experiencias sexistas y machistas. Estas situaciones de opresión de nuestra vida cotidiana frecuentemente nos generan malestar, el cual se termina manifestando a través de síntomas físicos. Es entonces cuando entra en juego nuestra socialización de género que nos recuerda la falsa premisa de que las mujeres somos más vulnerables y con más tendencia a enfermar. Y nos lo creemos. Porque si no es culpa nuestra y de nuestros cuerpos que están rotos y funcionan mal ¿de quién iba a ser si no? Es aquí cuando vale la pena echar un vistazo alrededor y preguntarse: ¿realmente tiene sentido que tantas mujeres enfermemos sin explicación alguna aparente? La respuesta es simple: estamos medicalizando las consecuencias del machismo.

DEJA UNA RESPUESTA

¡Por favor, deja tu comentario!
Por favor introduce tu nombre aquí