Las Naciones Unidas definen la violencia contra la mujer como «todo acto de violencia de género que resulte, o pueda tener como resultado un daño físico, sexual o psicológico para la mujer, inclusive las amenazas de tales actos, la coacción o la privación arbitraria de libertad, tanto si se producen en la vida pública como en la privada». En definitiva, todo aquello que nos lacera y nos coarta por el mero hecho de ser mujeres porque, la violencia es eso, una herida que pretende perimetrar nuestra libertad, tanto que a veces nos mata.

Es imposible que se acerque el 25 de noviembre, Día Internacional de la Eliminación de la Violencia de Género y no hablar de todas esas violencias que nos cortan las alas. Todas esas violencias que sufrimos a diario nosotras. Todas esas violencias que tienen que ser erradicadas para que tengamos un Igualdad real y para que, sin duda, seamos mucho más libres.

Esas heridas, que sufrimos a diario, son las violencias comunes que nos rompen un poco más en los ámbitos económico, laboral, institucional, psicológico, físico y sexual. Tipos de violencia contra nosotras de las que todas y todos habéis escuchado hablar. Por eso, me quiero centrar en la violencia simbólica: la más difícil de detectar, la invisible, la que más costosas de arrancar de raíz.

La violencia simbólica es el concepto que designó Pierre Bourdieu que se utiliza para describir una relación social donde el «dominador» ejerce un modo de violencia indirecta y no físicamente directa en contra de los «dominados», los cuales no la evidencian y/o son inconscientes de dichas prácticas en su contra, por lo cual son «cómplices de la dominación a la que están sometidos».

Son infinitos los ejemplos que tenemos alrededor de violencia simbólica patriarcal, en el cine, en los anuncios de TV, en el lenguaje cotidiano,… En definitiva, frases e imágenes con las que hemos crecido que nos hacen cuestionarnos y estar pendientes de si nosotras hacemos lo correcto a ojos del resto, pero ese resto siempre es a ojos de los hombres. A ojos de un esquema patriarcal.

Cuando cuestionamos cómo una mujer ha alcanzado sus objetivos laborales, cuando insinuamos que no debería haber andado sola por esa zona, cuando cuestionamos la ropa que llevaba puesta el día que la violaron, cuando hacemos chistes machistas y misóginos, cuando te ascienden en el trabajo y la pregunta es ¿y qué vas a hacer con tus hijos?, cuando una de las nuestras es asesinada y alguien dice “por algo sería”, cuando nos llaman locas, histéricas y exageradas, cuando no haces esos comentarios, pero no denuncias a quién los hace, sigues siendo cómplice y sigues contribuyendo a la violencia simbólica que, como decía antes, es la violencia más difícil de erradicar. No sabemos ni cómo ni cuándo, ni cuantas más se quedarán en el camino.

En lo que va de año 38 mujeres han sido asesinadas, 1.071 desde que se empezaron a contabilizar los asesinatos. Hijas, hermanas, madres, amigas y vecinas, 36 personas que fueron asesinadas por algo común, ser mujeres, 30 de las cuales no había presentado denuncia contra su agresor y de las que 38 han sido asesinadas a manos de su pareja. Datos desgarradores sin duda y no deben ser cifras, sino que tenemos que seguir luchando para que ninguna de ellas caiga en el olvido.

Y como no queremos que ninguna caiga en el olvido quiero hacer especial mención a víctimas de violencia de género, unas auténticas supervivientes del más hiriente machismo. Es importante que pongamos el foco en todas ellas que, día a día, salen de los brazos de su maltratador ya que, si por algo nos caracterizamos las mujeres es por nuestra perseverancia, por nuestra lucha constante y por sobreponernos a todo, sea como sea la tormenta, por eso me gusta verlas como supervivientes.

De hecho, considero una necesidad insistir en este término. Muchas mujeres no se identifican con la palabra víctimas, no quieren esa discriminación positiva, porque son mucho más que una víctima, pues han sobrevivido y además han tenido en valor de enfrentarlo, de ahí que tengamos que insistir en término superviviente, porque son mujeres valientes que a pesar de toda la violencia que se ha ejercido sobre ellas, física, psicológica o institucional siguen hacia delante.

Todas y todos, luchando con fuerza, lograremos ser apósito y prevención de toda esta lacerante violencia, ahora cuestionada por aquellos que temen perder su hegemonía sobre el otro. Todos y todas tenemos que ser conscientes de que ejercer la violencia te hace más débil, sea como sea fue forma, se manifieste como se manifieste.

Sigamos en la batalla, queridas supervivientes.

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