Hace unas semanas nos conmovía la noticia de muerte de Ruth Bader Ginburg, jueza del Tribunal Supremo de Estados Unidos desde 1993 y segunda mujer en acceder a la Corte. El reconocimiento a su figura se debe no solo por su lucha por la igualdad entre hombres y mujeres desde la esfera judicial, sino porque encarna el combate y la ruptura del techo de cristal.

El término «techo de cristal» se empleó en un artículo de The Wall Street Journal en 1986 y en los estudios de género se refiere a la barrera invisible a la que se enfrentan las mujeres en un momento determinado de su desarrollo profesional a la hora de acceder a los puestos más altos de la jerarquía de las organizaciones donde trabajan.

Las causas del techo de cristal son diversas, pero tienen el mismo origen: el patriarcado. Esta organización social supone la categorización sexual del trabajo y los estereotipos de género que definen nuestros roles como femenino y masculino desde que nacemos. La socialización del género nos organiza y categoriza en torno a esos roles que limitan completamente nuestros deseos, aspiraciones y capacidades. Comienza desde que somos pequeñas y se mantiene durante toda la vida, condicionando tanto la elección de los estudios como de las profesiones. Nos lleva a elegir carreras feminizadas, lo que repercute directamente en nuestras opciones laborales posteriores y, una vez incorporadas al mercado laboral, nos relega al papel de los cuidados, lo que, a su vez, nos aleja de las posiciones de liderazgo y de poder. Sin duda extrapolable a organizaciones de todo tipo.

De igual manera, tiene raíz en nuestra propia personalidad educada en el sistema patriarcal, que redunda en la idea de que valemos menos o no poseemos habilidades suficientes, lo que conlleva dar un paso a un lado en favor de otro; o bien en la necesidad constante de demostrar nuestro talento puesto en duda, en contraposición con la cuota masculina que nunca se cuestiona y que viene favorecida por el mutuo refuerzo de la dominación masculina (es decir, hombres eligen a hombres). Además de la eterna exigencia de elegir entre el trabajo o las obligaciones de otra índole socialmente impuestas a las mujeres ֊de ahí la importancia de hablar de corresponsabilidad, abandonando las connotaciones sexistas que ha terminado por tener el término conciliación-

Pero, frente a una estructura social que perpetúa la desigualdad y frena nuestro acceso y ascenso, tenemos esperanza: el movimiento feminista es imparable. Ya lo ha demostrado con el seguimiento masivo de las huelgas y manifestaciones feministas convocadas en 2018 y 2019 con los mensajes “Si nosotras paramos, se para el mundo” y “Paramos para cambiarlo todo” que venían precisamente a denunciar esta situación que nos afecta a las mujeres y a reclamar nuestra ciudadanía plena libre de opresión.

Empezaba el texto hablando sobre una mujer jurista que ha roto el techo de cristal y quiero terminar con otra:  María Luisa Segoviano Astaburuaga, primera mujer presidenta de una Sala de nuestro Tribunal Supremo, en este caso, la cuarta de lo social. Porque en un sistema que nos educa omitiendo referentes femeninos, es de vital importancia conocer y celebrar estos triunfos, que son de todas las mujeres. Porque, aunque todavía queda un largo camino por delante, podemos mirar y decir: estamos rompiendo techos de cristal.

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